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Fernando Torres repasa sus raíces: una infancia en Fuenlabrada que volvería a vivir

El exfutbolista Fernando Torres recuerda su infancia en Fuenlabrada, a Luis Aragonés y cómo la filosofía estoica le ayuda tras la pérdida de su padre.

Fernando Torres repasa sus raíces: una infancia en Fuenlabrada que volvería a vivir

Fernando Torres, nacido en Fuenlabrada el 20 de marzo de 1984, ha concedido una entrevista al diario El Mundo en la que repasa su vida más allá del fútbol. Y, aunque su carrera deportiva dio la vuelta al mundo, el delantero vuelve una y otra vez al mismo punto de partida: los años de infancia y juventud que pasó en la localidad del sur de Madrid.

Un piso de 80 metros y equipos de cinco con un telefonillo

Torres explica que vivió toda esa etapa en una vivienda de 80 metros cuadrados y que, aunque hoy su existencia es completamente distinta, la esencia no ha cambiado. Se define como alguien que sabe muy bien de dónde viene: un barrio obrero del sur.

Sus anécdotas de aquellos años suenan a pura nostalgia de barrio: saltar la valla de los colegios para poder disputar partidos en cualquier descampado, o llamar a los amigos uno a uno por el telefonillo hasta reunir equipos de cinco. Una infancia que describe como muy feliz, construida sobre valores como el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio y el respeto. Su conclusión es rotunda: si pudiera volver a nacer, no cambiaría absolutamente nada de aquellos años vividos en la ciudad.

También reivindica el papel de sus padres, que renunciaron a muchas cosas propias para poder regalarle unas botas de fútbol. Aquella apuesta familiar resultó, a su juicio, decisiva en el desarrollo de su trayectoria como futbolista.

Filosofía estoica para los momentos sin salida

La conversación no evita la parte más dura. Torres admite haber vivido decepciones, fracasos grandes e incluso momentos en los que no veía salida, algo casi inevitable en un fútbol que avanza a una velocidad de vértigo. La muerte de su padre fue, según confiesa, uno de los golpes que más le marcaron.

De esa búsqueda nació su afición por la filosofía estoica. Está convencido de que estos pensadores le habrían venido bien de joven, y resume sus tres grandes enseñanzas: aceptar que no todo depende de uno mismo, distinguir qué está realmente bajo nuestro control y decidir qué hacer con ello, y actuar conforme a la virtud, siguiendo los principios que cada uno considera correctos.

Luis Aragonés, la exigencia que con los años entendió

Un nombre propio atraviesa su relato: Luis Aragonés. Torres lo describe como una persona tremendamente exigente con él en sus inicios, tanto que llegó a pensar que no creía en sus posibilidades. De joven no lograba interpretar lo que le decía y sentía que vivía sometido a una presión constante.

Con el tiempo, la perspectiva cambió por completo: comprendió que casi todo lo que le fue sucediendo en su carrera ya se lo había anticipado Luis antes. Aquella exigencia que entonces le resultaba incomprensible acabó siendo, reconoce, una pieza clave de su crecimiento.

Élite, fracaso y esa mayoría silenciosa

El exfutbolista también suelta una reflexión que sorprende: el deporte de alta competición poco tiene que ver con la salud, ya que obliga a convivir con un nivel de estrés anormal para el organismo.

En cuanto a las críticas y al ruido de las redes sociales, tiene una máxima muy clara: quienes de verdad fracasan son los incapaces de aceptar un revés. No le pesan los memes ni el odio, que atribuye a la gente insignificante, y prefiere fijarse en otra realidad: esa parte silenciosa de la sociedad que no pierde el tiempo en internet y que, sin hacer ruido, está dispuesta a tender una mano cuando tropiezas, precisamente porque también se ha caído alguna vez.

Pese a los golpes, se declara una persona feliz: nació en una familia feliz, creció en un barrio que le hizo feliz y ha conseguido mucho más de lo que soñaba. Para él, bastaba con disputar un solo encuentro en el Calderón para cumplir su sueño. Ahora, afirma, le toca devolver tanto cariño recibido.

Historias como la suya demuestran que en Fuenlabrada se forjan carreras que cruzan fronteras, y que los valores de barrio siguen siendo el mejor punto de partida para cualquier sueño.