Economía

Ladrillos y corazones: la tira cómica clásica que ilumina el entusiasmo político en Fuenlabrada

Krazy Kat, ladrillos y corazones: una columna conecta el clásico del cómic con la ilusión vivida en un acto del PSOE en Fuenlabrada.

Ladrillos y corazones: la tira cómica clásica que ilumina el entusiasmo político en Fuenlabrada

Hay columnas que empiezan hablando de una cosa y terminan hablando de otra, y precisamente ahí reside su gracia. La firmada por Rebeca Argudo bajo el rótulo «Fuenlabrada in love» funciona así: arranca en el mundo del cómic clásico y aterriza, casi sin querer, en la ilusión de quienes acudieron a un acto del PSOE celebrado en nuestra ciudad.

La musa del texto es Krazy Kat, la tira que George Herriman dibujó durante tres décadas y que muchos consideran una cima del noveno arte. Pocos personajes, un paisaje que cambia según la página y un triángulo afectivo que no se parece a ningún otro contado antes.

Un gato que espera el ladrillazo

La mecánica, resumida, parece pura locura. El gato Krazy, de género deliberadamente ambiguo mucho antes de que existiera la palabra, no quiere cazar al ratón Ignatz: está enamorado de él. Ignatz, lejos de huir de su depredador natural, lo que hace es lanzarle ladrillos a la cabeza, y cada golpe llega acompañado de corazoncitos flotantes, porque el felino lo interpreta todo como una declaración de amor. Cierra el trío Bull Pupp, el perro policía que no vigila al depredador sino que persigue al ratón y lo mete entre rejas una y otra vez.

Aquí nadie es quien parece. Krazy no es una víctima ingenua que no entiende lo que le pasa: desea el ladrillo, lo aguarda y lo recibe, porque ese golpe es la prueba de que su amor sigue vivo. Si Ignatz se detuviera, se sentiría abandonada. Apaleada y enamorada, siempre acaba saliéndose con la suya.

Ignatz necesita lanzar, Pupp necesita cumplir

El ratón tampoco actúa por maldad. Necesita ese gesto para existir, para ser el rebelde, el desafiante, el protagonista de su propio duelo. Herriman lo dejó retratado en una tira de 1918 en la que Ignatz jura no volver a lanzar un ladrillo y no aguanta ni una página entera sin romper la promesa.

Y está Pupp, quizá el más trágico del trío y el favorito de la columnista: el único que hace lo correcto en Coconino y también el único al que nadie aplaude. Cada vez que se lleva a Ignatz esposado, Krazy suspira por el ratón y le mira a él como a un aguafiestas. Difícil vivir siendo el que hace bien su trabajo cuando ese trabajo estorba el espectáculo.

El salto hasta Fuenlabrada

¿Y qué pinta todo esto en un blog de barrio? Que la columna remata con un guiño directo a nuestra ciudad: la autora confiesa haber recordado la tira al comprobar la ilusión de quienes asistieron al acto del PSOE celebrado en Fuenlabrada. Y, con honestidad, admite que no sabría explicar muy bien por qué.

Tal vez porque los públicos que llenan los actos políticos repiten, como los personajes de Herriman, un ritual que les dice algo de sí mismos y del grupo al que pertenecen. Tal vez porque la lealtad se demuestra acudiendo una y otra vez, igual que Krazy vuelve por su ladrillazo o Ignatz por su revancha. La comparación queda en el aire, sin conclusiones tajantes, y eso la hace más sugerente.

Treinta años sin faltar a la cita

Herriman sostuvo el juego durante treinta años sin que Ignatz dejara de lanzar, ni Pupp de perseguir, ni Krazy de responder con corazones. El poeta E. E. Cummings dejó una definición de la serie tan brillante como desconcertante, y más de un siglo después la obra sigue resistiendo cualquier intento de encasillarla en historias simples de buenos y malos.

Para los lectores de Fuenlabrada con ganas de descubrir un clásico, la recomendación es redonda: pocas páginas condensan tanto sobre el amor, el poder y los papeles que cada uno desempeña. Y si además sirven para mirar con otros ojos la energía de nuestros actos y nuestras plazas, mejor que mejor. ¿Os animáis a leerla y a contarnos qué veis en ese espejo?